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domingo, 20 de agosto de 2017

"¡Todo era amor... amor! No había nada más que amor...", de Oliverio Girondo





¡Todo era amor... amor! No había nada más que amor. En todas partes se encontraba amor. No se podía hablar más que de amor.
Amor pasado por agua, a la vainilla, amor al portador, amor a plazos. Amor analizable, analizado. Amor ultramarino. Amor ecuestre.
Amor de cartón piedra, amor con leche... lleno de prevenciones, de preventivos; lleno de cortocircuitos, de cortapisas.
Amor con una gran M, con una M mayúscula, chorreado de merengue,
cubierto de flores blancas...
Amor espermatozoico, esperantista. Amor desinfectado, amor untuoso...
Amor con sus accesorios, con sus repuestos; con sus faltas de puntualidad, de ortografía; con sus interrupciones cardíacas y telefónicas.
Amor que incendia el corazón de los orangutanes, de los bomberos. Amor que exalta el canto de las ranas bajo las ramas, que arranca los botones de los botines, que se alimenta de encelo y de ensalada.
 Amor impostergable y amor impuesto. Amor incandescente y amor incauto. Amor indeformable. Amor desnudo. Amor amor que es, simplemente, amor. Amor y amor... ¡y nada más que amor!

                                                                          De Espantapájaros (al alcance de todos), 1932                                                   


Oliverio Girondo (Buenos Aires, 1881-1967) es un poeta argentino que, junto a Borges* y Raúl González Tuñón, renovó la poesía de su país en los años veinte y treinta. 
    La situación acomodada de su familia le permitió viajar tempranamente a Europa y estudiar en el colegio Epsom de Londres y, más tarde, en la Escuela "Albert le Grand" de Arcueil, cerca de París. De vuelta a Argentina, aceptó estudiar Derecho (carrera que no ejercerá) con la condición de que, durante las vacaciones, su familia le permitiera viajar a Europa, donde pudo entrar en contacto con los círculos literarios de las nuevas corrientes estéticas: participó en las veladas surrealistas en París, y en Madrid, Ramón Gómez de la Serna lo recibió en su tertulia del café Pombo. En esta época colaboró en revistas literarias como Plus Ultra, suplemento mensual del semanario Caras y caretas.  
    Su primer libro, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922), fue publicado en Francia e ilustrado por el autor bajo la influencia de Apollinaire. En 1924, junto a Evar Méndez y otros,  fundó en Buenos Aires la revista Martín Fierro, que propugnaba una cultura americana autónoma y sirvió de escaparate a las vanguardias. En 1943 contrajo matrimonio con la escritora Norah Lange, después de un largo periodo de convivencia. En 1961 fue atropellado por un automóvil y quedó inválido. Todavía en 1965 realizó con Norah un último viaje a Europa, en el que se produjo el reencuentro en Roma con Rafael Alberti y María Teresa León, a quienes habían conocido durante su exilio en Argentina. Falleció en Buenos Aires el 24 de enero de 1967 y fue inhumado en el cementerio de Recoletas.
   Entre sus obras figuran Calcomanías (1925), Persuasión de los días (1942), Campo nuestro (1946), En la masmédula (1956), en la que la audacia experimental llega al límite, sin por ello abandonar su peculiar humor, y Topatumba (1958).

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