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miércoles, 8 de marzo de 2017

María Moliner, alma de pionera


En el año en que se está celebrando el 50º aniversario del Diccionario de Uso del Español (DUE), más conocido como “el María Moliner, queremos rendir homenaje en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora a una mujer que, cuando le negaron un sillón en la Real Academia Española, contestó con ironía “¿Qué podía decir yo si en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?”.
Para que nuestros alumnos valoren qué hay de cierto en sus palabras y conozcan la trayectoria laboral y vital de la autora del prestigioso diccionario –quien, por cierto, hace cien años estudiaba el último curso del bachillerato en nuestro instituto–, la profesora Marily Gómez, del departamento de Lengua Castellana y Literatura, ha preparado la siguiente semblanza biográfica de María Moliner, que queremos compartir con todos los seguidores del blog.


         

                  María Moliner1 publicó en 1966 un Diccionario de Uso del Español que sorprendió a todos. Ella sola, una mujer ya mayor, un ama de casa, había dedicado muchos años a esta descomunal labor. Esta es la imagen que se generalizó. Sin embargo, la autora del diccionario que pronto hizo sombra al de la RAE, y que se mantendrá desde entonces como el preferido por muchos usuarios, había sido una persona muy activa en los años previos a la dictadura franquista; una profesional que con su  trabajo alcanzó puestos a los que una mujer de la época no accedía.

                Quizá creas que no tienes nada que ver con una persona que nació hace tiempo, en 1900 nada más y nada menos. Quizá sus pasiones (la lectura, la educación, la lengua) te pillen muy de lado, porque no puedes entender cómo alguien se puede apasionar por algo así; puede que un puñado de vosotros lo entendáis. De cualquier manera, es fácil, como vas a comprobar, contagiarse de la vitalidad de esta mujer.

                María Moliner nace en el zaragozano pueblo de Paniza. Es la mediana de tres hermanos. El padre, médico de profesión, desea ingresar en la Marina y por ello toda la familia se traslada a Madrid. Allí, María estudia en un centro educativo de vanguardia, en la Institución Libre de Enseñanza; en él son tan avanzados para la época que creen en la igualdad entre hombres y mujeres e inculcan estas ideas a sus alumnos. Sin embargo, en estos años tiene lugar uno de los hechos más traumáticos en la vida de nuestra protagonista: su padre no vuelve de uno de los viajes, y aunque envíe algo de dinero al principio, el hombre formará un nuevo hogar en América y se desentenderá del suyo en España. La familia Moliner queda sin ingresos, y tal es así que en uno de esos años María y su hermano Enrique se reparten el curso escolar: él paga y asiste medio curso y la hermana hará lo correspondiente. María Moliner mantendrá la amistad con los profesores de la ILE aunque los estudios en Madrid queden interrumpidos. Uno de esos profesores precisamente será el encargado de despertar la curiosidad de la niña por la lengua al corregirle un error en una redacción como ella misma contará después.

                La familia regresa a Zaragoza y María se matricula en el instituto "Goya", entonces llamado "Instituto General y Técnico". En esos mismos años pasan por sus aulas otros futuros ilustres como Luis Buñuel y Ramón J. Sender. Es la época de la foto que encabeza la biografía: en ella aparece una joven de facciones agradables con una mirada que transmite inteligencia, seguridad y tesón.

                En la Universidad estudia Historia, pues no hay facultad de Filología, y realiza unas primeras investigaciones que mejoran la economía familiar. Participa en la creación de un mapa toponímico de Aragón y, por otro lado, colabora con la revisión de aragonesismos en el diccionario de la Academia (DRAE). Esta experiencia investigadora pudo ser de gran provecho para el futuro diccionario María Moliner. Con su buena cabeza y su gran voluntad oposita junto a algunos compañeros al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios. Tiene 21 años. Solo hay cinco mujeres en España que han aprobado con anterioridad; María Moliner será la sexta y la más joven en hacerlo. Aunque vuelve a Madrid para realizar las prácticas en la Biblioteca Nacional, su puesto de trabajo definitivo la lleva a Salamanca, al archivo de Simancas. De esta época es la segunda foto: la joven archivera se presenta volcada en su trabajo e, infatigable, da la impresión de poder despachar con prontitud todos los legajos de su izquierda.



                Un traslado voluntario la sitúa en Murcia, ciudad en la que conoce al que será su marido, Fernando Ramón, un catedrático universitario a quien se considera el introductor de las teorías de Einstein en España. Pero el lugar donde se desarrolla con más ímpetu María Moliner profesionalmente es Valencia. Allí, en los tiempos de la República, le encomiendan distintos puestos de importancia y casi impensables para una mujer en esa época: directora de la Biblioteca Universitaria y directora de la Oficina de Adquisición de Libros. Hay que imaginar lo que sentiría una lectora como ella al tener que elegir los libros que debían llegar a todas las bibliotecas del país e incluso del extranjero; poder crear nuevas bibliotecas y mejorar las ya existentes. Pero aquí no queda la cosa, puesto que además participa junto a su marido y con amigos entusiastas en la fundación de una escuela en Valencia bajo el modelo de la ILE, donde imparte clases de Gramática y Literatura. Y por si fuera poco, continúa con el proyecto de extender las bibliotecas por pequeñas poblaciones, tarea que ya había comenzado años antes. Va en persona por algunos pueblos tratando de convencer a los maestros de la importancia de las bibliotecas rurales; en muchos casos le toca batallar contra la incapacidad y el desinterés de esos educadores que no entienden del entusiasmo de esta mujer. Saca tiempo para dejar todas su impresiones por escrito: Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas y el Proyecto de Organización General de Bibliotecas del Estado son dos ejemplos de sus reflexiones. Parece mentira que con toda esta implicación profesional pueda dar a luz esos mismos años a varios hijos a los que pronto contagiará el amor por la cultura.

                Todo el entusiasmo de María Moliner queda aniquilado al acabar la Guerra Civil (1939). Tanto ella como su marido son depurados, es decir, sometidos a juicio por colaborar con el gobierno de la República: la acusan de haber realizado sus obligaciones quizá demasiado bien (fue "muy leal"). Ella misma redacta la defensa. Sin embargo, llegan las represalias: Fernando Ramón es expulsado de la Universidad y a ella la degradan en su puesto de trabajo. Es la España de posguerra y mujeres válidas como María Moliner tienen que exiliarse o sufrirán el aislamiento. Ella se recoge algunos años después en el poco gratificante puesto de bibliotecaria en la Escuela Técnica Superior de Ingeniería de Madrid, en el cuidado de los hijos y con la pena de tener a su marido distanciado por motivos profesionales. Una parada intelectual que tuvo que ser ciertamente muy dura para esta mujer que rebosaba energía.

                Pasan los años y un regalo prende de nuevo la mecha de la curiosidad y el buen hacer: ella misma explica que al traerle su hijo un diccionario de inglés, le entran ganas de elaborar una obra similar para el español, puesto que el DRAE no le convence del todo. Quiere crear una obra útil de verdad, práctica. Organiza un proyecto para unos meses, quizá dos años. Cada tarde teclea palabras en pequeñas fichas; ya las había utilizado en sus investigaciones zaragozanas. Discute significados, bucea en los periódicos de la época y logra avances que darán como resultado el Diccionario de Uso del Español en dos volúmenes, de 1446 y 1585 páginas respectivamente; el "María Moliner", como se le conoce desde entonces. No ha parado ni en los veranos; ha tenido que echar mano de colaboradoras.  La dedicación le ha llevado hasta quince años de su vida, de 1951 a 1966. 

                El éxito tras la publicación del diccionario fue enorme entre los usuarios, y pronto se erigió como el favorito de los traductores. Los especialistas en Gramática no daban crédito al comprobar que una sola persona hubiera logrado hacer algo así. El diccionario incorporaba novedades muy útiles para manejarse con el español real; también había interesantes reflexiones sobre el idioma. Todo estaba organizado de una manera clara y sencilla. La bienvenida al diccionario fue tal que se propuso el ingreso de María Moliner en la Academia (RAE). Sin embargo, fue rechazada. Algunos escritores incluso mantuvieron un doble juego ante la candidatura. Lo singular desde nuestros ojos es comprobar que en 1972 no hubiera todavía ninguna mujer académica, aunque tampoco las encontraríamos en otras instituciones importantes. En 1979 por fin entró en la RAE una mujer, la poetisa Carmen Conde, buena amiga de Moliner.

                No parece que la autora del diccionario tomara a mal el feo de la Academia, y siguió revisando el diccionario para futuras ediciones. Sin embargo, una enfermedad, la arterioesclerosis, le fue deteriorando su capacidad intelectual, de manera que su mente ya avanzaba con dificultad a través de las palabras hasta que tuvo que abandonar definitivamente el trabajo.



                Hasta aquí la historia de una mujer pionera que aprovechó las oportunidades cuando le llegaron y que supo inventar lo que no existía pero era necesario cuando los tiempos le fallaron. Que se volcó para que la lectura, la educación y la lengua llegaran a todos, también a nosotros.

Marily Gómez Llop


Para consultar más información sobre la vida de María Moliner, en la página del Instituto Cervantes, aquí.

Y en los documentales:

- En el publicado en torno a la Exposición en Escuelas Industriales UPM: “María Moliner: mujer, bibliotecaria y lexicógrafa”, cedido por la Dirección General de Cultura del Gobierno de Aragón.


(1) A partir de la biografía El exilio interior de Inmaculada de la Fuente.

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