EL BLOG DE LA BIBLIOTECA DEL I.E.S. "GOYA" DE ZARAGOZA


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miércoles, 28 de octubre de 2015

José María Merino: "El desertor"

Fotograma de 'Soldados de Salamina' (David Trueba, 2002)


 EL DESERTOR


  El amor es algo muy especial. Por eso, cuando vio la sombra junto a la puerta, a la claridad de la luna que, precisamente por su escasa luz, le daba una apariencia de gran borrón plano y ominoso, no tuvo ningún miedo.Supo que él había regresado a casa. La suavidad de la noche de San Juan, el cielo diáfano, el olor fresco de la hierba, el rumor del agua, el canto de los ruiseñores, acompasaban de pronto lo más benéfico de su naturaleza a la presencia recobrada.
   La vida conyugal había durado apenas cinco meses cuando estalló la guerra. Le reclamaron y ella fue conociendo entre líneas, en aquellas cartas breves y llenas de tachaduras, las vicisitudes del frente. Pero las cartas, que al principio hacían referencia, aunque confusa, a los sucesos y a los parajes, fueron ciñéndose cada vez más a la crónica simple de la nostalgia, de los deseos de regreso. Venían ya sin tachaduras y estaban saturadas de una añoranza tan descaradamente relatada, que a ella le hacían llorar siempre que las leía.
   Entonces no estaba tan sola. En la casa vivía todavía la madre de él, y la vieja, aunque muy enferma, la acompañaba con su simple presencia, ocupada en menudos trajines, o en las charlas cotidianas y en los comentarios sobre las cartas de él y las oscuras noticias de la guerra. Al año, murió. Se quedó muerta en el mismo escaño de la cocina, con un racimo en el regazo y una uva entre los dedos de la mano derecha. Ella
supo luego por otra carta de él que, cuando le llegó la noticia de la muerte de su madre, los jefes ya no consideraron procedente ningún permiso, puesto que la inhumación estaba consumada hacía tiempo.
   Quedó entonces sola en casa, silenciosa la mayor parte del día -excepto cuando se acercaba adonde su hermana para alguna breve charla- en un pueblo también silencioso, del que faltaban los mozos y los casados jóvenes y que vivía esa ausencia con ánimo pasmado.
   Se absorbía en las faenas con una poderosa voluntad de olvido. Así, con minuciosa rigidez de horario, cumplía las labores cotidianas de la limpieza y de la cocina, del lavadero y de las cuadras, y el calendario sucesivo de los trabajos del campo, segando y trasladando la hierba, escardando las legumbres y cavando los frutales, majando el centeno. Abstraída en la faena del momento, que acaso le exigía, con el esfuerzo físico, un ritmo especial, llegaba a pensar la ausencia de él como una nebulosa ensoñación no del todo real, de la que saldría en algún inmediato despertar.
Franz von Defregger, Mujer leyendo una carta
   Pero el tiempo iba pasando  y la guerra no terminaba. Ella no sabía muy bien los motivos de la guerra. Desde el púlpito, el cura les hablaba del enemigo como de un mal diabólico y temible, infeccioso como una plaga. Al cabo, ya la guerra y el enemigo dejaron de ofrecer una referencia real y era como si el esfuerzo bélico tuviese como objeto la defensa a ultranza frente a la invasión de unos seres monstruosos, venidos de algún país lejano y ominoso. Hasta tal punto que, en cierta ocasión, cuando atravesó el pueblo un convoy con prisioneros y los vecinos salieron a verlos con acuciante curiosidad, una mujerina manifestó, en su pintoresca exclamación, la decepcionante sorpresa de comprobar que los enemigos no mostraban el aspecto que las diatribas del cura y otras noticias les habían hecho imaginar:
   -¡No tienen rabo!
  No tenían rabo, ni pezuñas, ni cuernos. Eran hombres. Tristes, oscuros, vestidos con capotes sucios, con chaquetones raídos. Sobre las cabezas peladas, llevaban pasamontañas y gorrillas cuarteleras. Casi todos tenían la barba crecida en los rostros flacos, aunque también se veían las mejillas barbilampiñas de algunos mozalbetes.
   A ella, de pronto, la visión de aquellos soldados maltrechos le trajo a la mente la imaginación de su propio marido, acaso en esos momentos también acarreado en algún camión embarrado, encogido bajo un pardo capote. Hasta creyó reconocer en varios rostros el rostro querido, sumida en una súbita confusión que la llenó de angustia.
   Pasó el tiempo. Otro año. El pueblo siguió perdiendo gente y, al fin, sólo quedaron los niños, las mujeres y los viejos. Las veladas habían dejado de ser ocasión alegre para contar fábulas y recordar sucesos y eran ya solamente motivo de rezos. Rosarios y letanías, novenas y misas, ocupaban las horas de la comunicación colectiva.
   Cuando llegó aquel San Juan ya ni creían recordar el tiempo en que los mozos, con su rey, encendían la gran hoguera tradicional en lo alto del cerro. Fueron los niños los que suscitaron la memoria de la antigua fiesta, haciendo un gran fuego en la plaza. El fuego atrajo a la gente, que fue reuniéndose en torno a él. Era una noche clara, cálida, sin una pizca de viento.
   Los niños gritaban alrededor del fuego, en el límite del caluroso reverbero. Los mayores recordaron otras noches de San Juan, a sus mozos llenándolas de algarabía y desorden. Lo que, cuando estaban los mozos, se aceptaba con esa obligada mezcla  de indulgencia y malhumor que traía la sumisión a un rito inevitable, aquella noche se añoraba como una parte amputada de su vida.
   Porque aquel año, como el pasado, no habría necesidad de vigilar los huevos, las matanzas, los hervidores. Nadie llegaría sigiloso en la noche para hurtarlos. Y tampoco nadie borraría las sendas ni profanaría el rescoldo de los hogares. El pueblo se había quedado sin mocedad y el aliento dulce de la noche le daba a aquella evidencia, más dolorosa aún por las evidencias que la motivaban, una particular melancolía.
   Cuando la hoguera se extinguió, el encuentro improvisado se deshizo. Ella pasó por casa de su hermana, saludó rápidamente a la familia y se fue a su propia casa. Entonces vio la sombra junto a la puerta y, reconociéndole al instante, echó a correr y le abrazó con todas sus fuerzas.

   Había cambiado. Estaba más flaco, más pálido, y en sus gestos había adquirido una especie de reflexiva demora. Supo que había desertado. Herido por la metralla de una granada, había ingresado en el hospital. Cuando estuvo curado y repuesto, decidió escapar y volver a casa. Fue una huida penosa, que duró semanas. Pero allí estaba ya, silencioso y sonriente.
   Era preciso el sigilo más completo. Ella disimuló su alegría y continuó haciendo la vida de costumbre. Él permanecía oculto en algún lugar de la casa durante las horas de luz. Por la noche, cuando la oscuridad lo tapaba todo, salían a la huerta y se sentaban uno junto al otro, sintiendo latir las estrellas parpadeantes, el río que murmuraba, los pájaros que se reclamaban entre las enramadas invisibles.
   Recuperó en sus brazos el sabor de aquellos primeros tiempos de matrimonio y la congoja de los besos y de los abrazos definitivos. Y como el amor es algo muy especial, todos los problemas -la guerra, su esfuerzo solitario que debía multiplicarse en tantas tareas, los complicados trueques para conseguir todo lo necesario para una regular subsistencia- pasaron a una consideración muy secundaria.
   Su única preocupación era que él no fuese descubierto. Una tarde, cuando regresaba con unas cargas de leña, encontró a los guardias en su casa. Portadores de la denuncia que produjo la deserción -cuyo propósito había sido al parecer anunciado entre las pesadillas febriles del hospital-, los guardias registraron la casa. Y aunque no fueron capaces de encontrarlo, aquella visita inesperada la colmó de angustia, al pensar que podían sorprenderle algún día y llevárselo otra vez, para castigar acaso su huida con la muerte.
   Así, entre las dulzuras de tenerlo en casa y los sobresaltos de sus temores, fue transcurriendo el verano. A veces se ponía a cantar, sin darse cuenta, y en el pueblo callado y mohíno su actitud era acogida con una sorpresa desconcertada.
   Sin embargo, un extraño sentimiento le hacía desvelarse en mitad de la noche y, a pesar de sentir el cuerpo de él a su lado, cruzaba su imaginación un tropel desordenado de miedos sombríos, como si el futuro estuviera ya marcado y se cumpliesen en él toda clase de augurios desfavorables.
   El mismo día que empezaba septiembre, cuando despertó, no estaba junto a ella. Era un día gris, oloroso a humedad. Lo buscó en la casa, en él  corral, pero no pudo hallarle. Aquella ausencia, que le devolvía la imagen de la eterna soledad, suscitó en ella una intuición temerosa.
   A la hora del ángelus vio acercarse a los guardias. Se había puesto a llover con más fuerza y tenían los capotes de hule cubiertos de agua.
   Le habían encontrado. Estaba en lo alto del cerro, entre las peñas, con los miembros estirados para asomar lo más posible la cabeza en dirección al pueblo. Sin duda la herida se le había vuelto a abrir en el largo camino de la huida. El cuerpo estaba reseco como una muda de culebra. Los guardias decían que llevaría muerto, por lo menos, desde San Juan.

                                 (José María Merino, Cuentos. Edición de Santos Alonso. Castalia, 2000, pp. 85-91)


José María Merino. /EFE

José María Merino nació en A Coruña en 1941, pero su infancia transcurrió en León, de donde su padre tuvo que marcharse por sus ideas republicanas y adonde regresó la familia después de la Guerra Civil. En Madrid se licenció en Derecho, carrera que ejerció en el despacho de su padre  hasta que en 1976 ingresó en el Ministerio de Educación. Colaboró en diversos proyectos de la Unesco para Hispanoamérica y dirigió el Centro de las Letras Españolas del Ministerio de Cultura (1987-1989). Es patrono de honor de la Fundación de la Lengua Española, patrono de la Fundación Alexander Pushkin, embajador de Hans Christian Andersen (Ministerio de Cultura de Dinamarca)  y académico de la RAE.
   Se inició en la literatura como poeta, aunque  es su obra narrativa lo que le ha proporcionado el reconocimiento de la crítica y de los lectores. Cultivador de la llamada literatura fantástica, sus novelas  y cuentos combinan sabiamente lo cotidiano y lo misterioso. De sus obras poéticas, destacan Sitio de Tarifa (1972), Cumpleaños lejos de casa (1973) y Mírame Medusa y otros poemas (1984). En 2006 publicó Cumpleaños lejos de casa. Poesía reunida. Es autor asimismo de una abundante y premiada obra narrativa, de la que sobresalen  Novelas de Andrés Choz (1976, Premio Novelas y Cuentos), La orilla oscura (1985, Premio Nacional de la Crítica), Las visiones de Lucrecia (1996, Premio Miguel Delibes), El heredero (2003, Premio Ramón Gómez de la Serna) y El río del Edén (2012, Premio Nacional de Narrativa); novelas juveniles como la trilogía  Crónicas Mestizas (1986-1989) o Los trenes del verano (No soy un libro), 1992, Premio Nacional de Literatura Juvenil,   y numerosos cuentos y microrrelatos, agrupados, respectivamente,  en Historias de otro lugar. Cuentos reunidos, 1982-2004 (2010) y La glorieta de los fugitivos: minificción completa (2007).

domingo, 25 de octubre de 2015

"Algo secreto", de César Simón

© Masao Yamamoto



        Algo secreto

                                                      A Federico Chopin


Hay en tu vida algo secreto;
es una noche en una casa,
los balcones abiertos al jardín.
En las habitaciones ya no hay nadie,
y, fuera, sólo luz lunar.
Pero el piano suena quedamente
con una melodía muy antigua,
tan antigua que nunca ha enmudecido.
Un pájaro es quien canta, hay una rosa
y hay una espina, en el balcón.
Tú eres el pájaro que canta.
Tu voz es inmortal, porque no es tuya,
y tu carne es efímera y doliente.


                    De Templo sin dioses, 1996


César Simón, a la derecha, con Juan Gil-Albert
César Simón (Valencia, 1932-1997) fue un poeta español que, aunque por edad pertenece a la generación de los 50, empezó a publicar en los años 70 y se mantuvo siempre fiel a su poética, al margen de tendencias, convirtiéndose en una figura aislada y olvidada pero con una enorme influencia en algunos poetas valencianos más jóvenes.
    Pasó su infancia en Villar del Arzobispo, población a la que regresó asiduamente en su madurez. Dos espacios, el urbano y mediterráneo de la capital y el paisaje rural de interior, se convertirán en elementos centrales en su obra poética.  La amistad con su primo, el escritor Juan Gil-Albert*, que regresa del exilio en 1947, fue determinante en su formación literaria.
   Una grave enfermedad le obligó a abandonar los estudios de Derecho y a recluirse en un sanatorio durante meses de convalecencia, tiempo dedicado a la reflexión, la lectura y la música. Una vez repuesto, abandona los estudios de Derecho e inicia los de Filosofía y Letras. En 1961 obtiene la licenciatura en la especialidad de filosofía. 
    Posteriormente, marcha a Alemania para dar clases de español durante dos años. Allí contrae matrimonio en 1962 con Elena Aura, con quien tuvo tres hijos. A su regreso a España, ejerció como profesor de instituto y, tras doctorarse con una tesis sobre Juan Gil-Albert, como docente en la Universidad de Valencia, lo que le permitió entablar relación con poetas valencianos de generaciones posteriores.

La producción poética de César Simón se halla recogida en los siguientes poemarios: Pedregal (1971, Premio Ausias March 1970), Erosión (1971), Estupor final (1977), Precisión de una sombra (1984, recopilación de los libros anteriores, a los que se añade el que da título a esta publicación), Quince fragmentos sobre un único tema: el tema único (1985), Extravío (1991) y Templo sin dioses (1997, Premio Internacional Loewe de Poesía 1996).
    Según Bachelard (citado por B. Pozo** ), la poesía de César Simón "ha estado orientada hacia la búsqueda, hacia el misterio, hacia el santuario que cada cual lleva en sí mismo y su poesía, mediante un proceso de despojo y desenmascaramiento, se ha convertido en el cuerpo, la casa, el templo donde enraizarse en el mundo". Sobre el libro Templo sin dioses, ha escrito el poeta: "A pesar de que los dioses cambian o incluso desaparecen, el misterio permanece dentro de nosotros, que somos nuestro propio templo". En el poema elegido, muestra de la interrelación  entre música y poesía constante en la poesía simoniana,  el sujeto poético se sitúa en el balcón, un espacio liminar que divide el mundo en dos, que  relaciona los espacios interiores (la casa) y los exteriores (el jardín), e integra la vida y la muerte, como señala Begoña Pozo, quien añade que la música permite al sujeto "integrarse en la totalidad de un mundo que siempre fluye, que siempre suena".

*Entrada relacionada:


**Begoña Pozo Sánchez, La obra lírica de César Simón: Poética del paisaje y de la conciencia, Universitat de Valencia. Servei de Publicacions, 2008

martes, 20 de octubre de 2015

IV Centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote



Con motivo de la conmemoración del IV Centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote, cuya tasa y fe de erratas están datadas el 21 de octubre de 1615, el Vicerrectorado de Cultura y Política Social de la Universidad de Zaragoza, ha organizado una serie de actividades dirigidas al público universitario y no universitario, que se van a desarrollar en los próximos días:

-          De una parte, el ciclo de conferencias “Trazos y trazas del Quijote, a cargo de prestigiosos profesores del Departamento de Filología Española de la Universidad de Zaragoza, junto a la presentación de la nueva y monumental edición del Quijote publicada por la Real Academia Española bajo la dirección del profesor Francisco Rico;

-          de otra, el ciclo de películas “En un lugar del cine. Don Quijote en la pantalla” que se proyectarán en noviembre en el CMU Pedro Cerbuna y “que van desde cierta fidelidad al original literario hasta el humor, pasando por el musical, mostrando la vigencia de este clásico que todavía es fuente de inspiración y se traslada al medio cinematográfico”.

 
Festín de Sancho Panza en la Insula Barataria, de José Moreno Carbonero

A continuación, detallamos los programas:

          Ciclo de conferencias “Trazos y trazas del Quijote”, en el edificio Paraninfo, Sala Pilar Sinués, a las 20 horas. Entrada libre hasta completar aforo.
  • 21 de octubre: La cueva de Montesinos o los límites de la aventura soñada Dr. D. Juan Manuel Cacho. Profesor Titular de la Universidad de Zaragoza
  •  27 de octubre: El Quijote, ¿novela moderna?  Dr. D.  Alberto Montaner. Catedrático de la Universidad de Zaragoza 
  • 3 de noviembre: Presentación del Quijote de la Real Academia Española. Dr. D. Francisco Rico. Numerario de la Real Academia Española 
  • 10 de noviembre: Maese Pedro y los títeres moriscos. Dr. D. Federico Corriente. Profesor Emérito de la Universidad de Zaragoza 
  • 17 de noviembre:  Cervantes, el Quijote y el marqués de Sade. Dra. D. Irene Aguilá. Profesora Titular de la Universidad de Zaragoza 
  • 24 de noviembre: Los quijotes con faldas de Galdós. Dr. D. Leonardo Romero. Profesor Emérito de la Universidad de Zaragoza


         Aula de Cine de la Universidad de Zaragoza. CMU Pedro Cerbuna, 19.30 horas. Entrada libre. Ciclo de noviembre: “En un lugar del cine. Don Quijote en la pantalla”.
  • 9 de noviembre : Don Quijote (Don Quichotte), de Georg Wilhelm Pabst. 81 min. 1933, Francia-Reino Unido. 
  • 10 de noviembre: Don Quijote de la Mancha, de Rafael Gil. 132 min. 1948, España.

  • 11 de noviembre: Don Quijote (Don Kikhot), de Grigori Kozintsev. 102 min. 1957, Unión Soviética. 
  • 16 de noviembre: Don Chisciotte e Sancio Panza, de Gianni Grimaldi, 101 min. 1968, Italia.

 

  • 17 de noviembre: El hombre de La Mancha (Man of La Mancha), de Arthur Hiller. 129 min. 1972, Estados Unidos-Italia. 
  • 18 de noviembre: Don Quijote cabalga de nuevo, de Roberto Gavaldón. 129 min. 1973, México-España.


  • 23 de noviembre: Don Quijote de Orson Welles, de Orson Welles y Jesús Franco. 116 min. 1992, España-Italia-Estados Unidos. 
  • 24 de noviembre. Don Quijote (Don Quixote), de Peter Yates. 140 min. 2000, Estados Unidos.



lunes, 19 de octubre de 2015

Día de la Biblioteca 2015



Como todos los años desde 1997, el 24 de octubre y por iniciativa de la Asociación Española de Amigos del Libro Infantil y Juvenil se celebra una vez más en España  el DÍA DE LA BIBLIOTECA en recuerdo de la destrucción de la biblioteca de Sarajevo, incendiada durante el conflicto de los Balcanes. La celebración tiene como finalidad concienciar a la sociedad de la importancia de la lectura,  además de reconocer la labor de los bibliotecarios. En esta edición, el acto oficial tendrá lugar en la Biblioteca Pública del Estado de Ciudad Real, donde se presentará el cartel, de Leticia Ruifernández, y se leerá el pregón escrito por Diego Arboleda, ganador del Premio de Literatura Infantil en 2014, por su libro Prohibido leer a Lewis Carroll.

PREGÓN DEL DÍA DE LA BIBLIOTECA



Con motivo del Día de la Biblioteca, quiero compartir con vosotros un secreto: el Conejo Blanco casi siempre tiene prisa.
Quizá algunos penséis que esto no tiene mucho que ver con las bibliotecas y que, además, como secreto, deja bastante que desear.
Alicia en el País de las Maravillas se publicó hace 150 años, y desde entonces los lectores de todo el mundo han sabido que el conejo llega tarde, demasiado tarde, y por tanto tiene prisa.
Reconoceréis, eso sí, que no es un conejo cualquiera. Que sepamos, este es el único conejo que usa chaleco y reloj de bolsillo, lo cual plantea una incógnita: si tiene reloj, ¿por qué siempre llega tarde? ¿Quién es culpable de la tardanza? ¿El conejo o su reloj? Los expertos no se han puesto de acuerdo sobre este punto, que ha provocado graves discusiones entre veterinarios y relojeros. Y si se alude al chaleco, es aún peor. Solo hay una cosa más peligrosa que una discusión entre un veterinario y un relojero, y es una discusión entre un veterinario, un relojero y un sastre. Es mencionar el asunto y se desenvainan todo tipo de agujas (hipodérmicas, de coser y de reloj).
Así que mejor volvamos al secreto. El Conejo Blanco casi siempre tiene prisa. Corre porque tiene miedo de que la Duquesa y, sobre todo, la Reina de Corazones ordenen que le corten la cabeza. Pero vosotros, que aún conserváis la vuestra, concentraos en ese casi. Es la clave, el secreto mejor guardado del País de las Maravillas.
Casi siempre. ¿Cuándo no tiene prisa el Conejo Blanco? Solo cuando visita un pequeño edificio escondido tras los árboles del bosque: la biblioteca.
El conejo se toma su tiempo para curiosear entre las abarrotadas estanterías. Tiene un libro en mente pero, cuando se acerca a cogerlo, no puede evitar fijarse en el tomo que lo precede, y en el de más allá (y, como ya sabéis, en una biblioteca, el libro de más allá es al mismo tiempo el libro de más acá de otro libro que está a su lado…). Demasiadas opciones. Lleva tiempo elegir un libro. El conejo sabe que se encuentra en el hogar de la lectura, y la lectura es un placer que se disfruta sin prisa.
Aunque nadie haya mencionado antes esta biblioteca secreta, no lo dudéis, hay una en ese extraño mundo que visitó Alicia. No puede ser de otra forma. Pues a pesar de contar con el Sombrerero Loco, el Gato de Cheshire y la Oruga Azul, a pesar de todos los animales fantásticos y las extraordinarias cosas que allí suceden, todo eso no es suficiente para ganarse el nombre que ese mundo tiene. Un lugar nunca podría llamarse País de las Maravillas si entre sus maravillas no se contara una biblioteca.

                                                                                                Diego Arboleda

domingo, 18 de octubre de 2015

Dos poemas de Carmen Camacho

© Antonio Campo




                  DESHABITACIONES

                              Llega el tiempo cabrón
                                        de las mudanzas.

                                           Luis Melgarejo


De quién qué cosa
Los libros las fotos los calcetines
las manos
De quién es cada objeto tuyo y mío
Cómo repartir sin destrozar
la manta de ir al campo por ejemplo
si no es deshaciendo punto a punto
la urdimbre que tejieron las agujas
del reloj y enterrar en los cajones
la madeja temblorosa
encontrarla tal vez
quién sabe en cuántos años
tomarla con nostalgia
acercarla a la cara
olerla y al fin
regalársela al gato



YO NUNCA ESTUVE EN CRETA


Pero cuando desperté
tenía los pies mojados
de una luz
que atraviesa 
la persiana
                      zarpa
y a estas horas baña
tu cara que flota
-olvidaste la Nivea-
sobre el verde a vetas
del Egeo.


La escritora española Carmen Camacho García nació en Alcaudete (Jaén) en 1976, pero vive en Sevilla. Ha publicado los poemarios Arrojada (2007), 777 (2007), Mujer del tiempo (2011) y Campo de fuerza (2012), la antología personal Las Versiones de Eva (2014), el libro de microrrelatos Vuelo doméstico (2014), el libro de aforismos Minimás (2008, 2009) y el cuaderno de cantares Letra pequeña (2014).
Su obra ha sido recogida en más de cuarenta antologías de poesía, aforismos y narrativa de España, Europa y Latinoamérica, y traducida parcialmente al italiano, francés, portugués, árabe y armenio.



Puedes escuchar el recital-presentación de su libro Arrojada. Te gustará:




domingo, 11 de octubre de 2015

"Las garzas", de Miguel Ángel Velasco



            Las garzas

                                                                                                 Para Angelika



Las vi cruzar el puente, en un rasguño
de la noche cerrada: transcurrían
en formación precisa,
un sereno triángulo
como flecha segura que apuntara
al corazón del sol adivinado
más allá de la niebla,
tatuaje rojo inscrito en el calor
del territorio propio entre las alas.
Batían en la fe de un solo pulso
el plomo de los cielos, sacudiéndose
las bajas nubes tardas.
Volaban de memoria aquellos pájaros,
fantasmas de pureza con la mirada fija
en la línea de acero de una ancha tierra santa.
Quedé como imantado
en toda mi estatura a la alta aguja
de su navegación, mientras seguía
con los ojos errantes el vector de su rumbo.
Al cabo, la bandada
fue mullendo su esquema en una mecha
de bruma, hasta perderse
en la tinta del cielo.
¿A dónde irían
las garzas? Sólo sé
que algo de mí partió
como saeta fiel aquella noche
desde el arco del puente;
algo de mí se fue y boga dichoso
hacia algún sur de luz en la flecha del vuelo.

  

                                             De La miel salvaje, 2003


El poeta español Miguel Ángel Velasco, compañero de generación de Vicente Gallego* y Carlos Marzal**,  nació en 1963 en Palma de Mallorca, ciudad donde murió prematuramente en 2010, a los 47 años. Poeta precoz, logró pronto notoriedad con dos libros muy influidos por las vanguardias: en 1979 con Sobre el silencio y otros llantos logró un accésit al Premio Adonais, galardón que obtuvo en 1981, a los dieciocho años, por Las berlinas del sueño. Tras  un silencio de quince años dedicados a la maduración y a los estudios de filología y filosofía, regresa con una nueva poesía que tiene sus raíces en la obra de Agustín García Calvo***. Poesía reflexiva y elegíaca, con notable influencia de los clásicos, caracterizada por un verso claro y una cuidada musicalidad. A esta etapa pertenecen El sermón del fresno (1995), El dibujo de la savia (1998), La vida desatada (2000), La miel salvaje (2003, Premio Loewe), Fuego de rueda (2006), La mirada sin dueño (2008), Minotauro del agua (2008), Ánima de cañón (2010) y el libro póstumo La muerte una vez más (2012).