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domingo, 13 de abril de 2014

Romance de la doncella guerrera


Romance de la doncella guerrera


—Pregonadas son las guerras   de Francia con Aragón,* 
¡cómo las haré yo, triste,   viejo y cano, pecador! 
¡No reventaras, condesa,   por medio del corazón, 
que me diste siete hijas,   y entre ellas ningún varón! 
Allí habló la más chiquita,   en razones la mayor: 
—No maldigáis a mi madre,   que a la guerra me iré yo; 
me daréis las vuestras armas,   vuestro caballo trotón. 
—Conoceránte en los pechos,   que asoman bajo el jubón. 
—Yo los apretaré, padre,   al par de mi corazón. 
—Tienes las manos muy blancas,   hija, no son de varón. 
—Yo les quitaré los guantes   para que las queme el sol. 
—Conoceránte en los ojos,   que otros más lindos no son. 
—Yo los revolveré, padre,   como si fuera un traidor. 
Al despedirse de todos,   se le olvida lo mejor:
—¿Cómo me he de llamar, padre?   —Don Martín el de Aragón. 
—Y para entrar en las cortes,   padre, ¿cómo diré yo? 
—Bésoos la mano, buen rey,   las cortes las guarde Dios. 
Dos años anduvo en guerra   y nadie la conoció 
si no fue el hijo del rey   que en sus ojos se prendó. 
—Herido vengo, mi madre,   de amores me muero yo; 
los ojos de don Martín   son de mujer, de hombre no. 
—Convídalo tú, mi hijo,   a las tiendas a feriar, 
si don Martín es mujer,   las galas ha de mirar. 
Don Martín como discreto,   a mirar las armas va: 
—¡Qué rico puñal es este,   para con moros pelear! 
—Herido vengo, mi madre,   amores me han de matar; 
los ojos de don Martín   roban el alma al mirar. 
—Llevaráslo tú, hijo mío,   a la huerta a solazar; 
si don Martín es mujer,   a los almendros irá. 
Don Martín deja las flores,   un vara va a cortar: 
—¡Oh, qué varita de fresno   para el caballo arrear! 
—Hijo, arrójale al regazo   tus anillos al jugar: 
si don Martín es varón,   las rodillas juntará; 
pero si las separase,    por mujer se mostrará. 
Don Martín muy avisado   hubiéralas de juntar. 
—Herido vengo, mi madre,   amores me han de matar; 
los ojos de don Martín    nunca los puedo olvidar. 
—Convídalo tú, mi hijo,   en los baños a nadar. 
Todos se están desnudando;   don Martín muy triste está: 
—Cartas me fueron venidas,   cartas de grande pesar, 
que se halla el Conde mi padre   enfermo para finar. 
Licencia le pido al rey    para irle a visitar. 
—Don Martín, esa licencia    no te la quiero estorbar. 
Ensilla el caballo blanco,   de un salto en él va a montar; 
por unas vegas arriba    corre como un gavilán: 
—¡Adiós, adiós, el buen rey,   y tu palacio real; 
que dos años te sirvió   una doncella leal!. 
Óyela el hijo del rey,   tras ella va a cabalgar. 
—Corre, corre, hijo del rey,   que no me habrás de alcanzar 
hasta en casa de mi padre   si quieres irme a buscar. 
Campanitas de mi iglesia,   ya os oigo repicar; 
puentecito, puentecito   del río de mi lugar, 
una vez te pasé virgen,   virgen te vuelvo a pasar. 
Abra las puertas, mi padre,   ábralas de par en par. 
Madre, sáqueme la rueca   que traigo ganas de hilar, 
que las armas y el caballo   bien los supe manejar. 
Tras ella el hijo del rey    a la puerta fue a llamar. 


*Debido a la extensión del romance, adoptamos esta disposición  en  versos de dieciséis sílabas divididos en dos hemistiquios.


Los romances son breves poemas épico-líricos  que se cantaban al son de un  instrumento, los más antiguos datan generalmente del siglo XV. El conjunto de estos romances medievales o tradicionales se denomina Romancero viejo, por oposición  al Romancero nuevo, corpus de romances compuesto por poetas cultos durante los siglos XVI y XVII. Los romances medievales son de  autor desconocido y se han transmitido de forma oral (de ahí que presenten variantes), si bien algunos se conservaron escritos en cancioneros manuscritos o impresos o bien en colecciones de romances denominadas romanceros. Están formados por versos octosílabos con asonancia en los pares y los impares sueltos. Respecto a su origen, existen distintas teorías; una de las cuales considera que los primeros romances son fragmentos desgajados de los cantares de gesta, ello explicaría la abundancia de romances épicos y el fragmentarismo (comienzo abrupto, in medias res, y final truncado); otros, sin embargo, piensan que los romances nacen como un género originalmente independiente de los cantares de gesta (así se comprendería la existencia de numerosos romances líricos y novelescos).

Sobre la difusión y conservación de los romances, escribe  Menéndez Pidal:
Los romances empiezan a ser oídos en los palacios  desde 1445, que sepamos, en la corte de Alfonso V de Aragón, desde 1462 en la de Enrique IV de Castilla, y luego en la de los Reyes Católicos; en Aragón servían de modelo a la poesía trovadoresca; en Castilla eran principalmente estimados en su aspecto de poesía política, destinados a mantener el público interés despierto hacia la guerra de Granada.
Como  poesía histórica, las crónicas y las historias los incorporaron a veces en sus relatos. Luego la música de salón, la de los vihuelistas, cultiva el romance tradicional en las cortes de Carlos V y Felipe II; muestras de esta moda hallamos desde el arte de la vihuela del caballero Luis Milán (1535) hasta el tratado de música de Salinas (1577).
                                                                           (Flor nueva de romances viejos, página 54)

Pronto los incorpora el teatro y, en menor medida, la novela. Incluso el Quijote debe su idea inicial a una parodia del Entremés de romances. También la poesía religiosa imitaba los romances profanos, tanto en sus cancioneros  y romances sagrados como en los autos sacramentales. Los romances se mantienen vivos en la memoria de todos hasta la segunda mitad del siglo XVII; durante el siglo XVIII desaparecieron casi por completo de la literatura y se refugiaron en las zonas rurales, entre las gentes menos letradas. Pero una corriente de rehabilitación iniciada en Inglaterra a mediados del siglo XVIII y continuada en Alemania y Francia supuso una nueva revalorización del romance por parte de los escritores románticos españoles, que se ha mantenido hasta la época actual.

El "Romance de la doncella guerrera", del que se conservan un centenar de versiones distintas,  está incluido en Flor nueva de romances viejos, de Menéndez Pidal.  Aunque no figura en cancioneros antiguos ni pliegos sueltos, era muy popular en el siglo XVI. De Castilla se difundió por Cataluña y es conocido por los judíos de Tánger, Marruecos, así como por los de Hungría, Servia, Grecia, Constantinopla, Asia Menor y Palestina; traducido al portugués se conoce en Portugal y las islas Azores.

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